Por Selma Zavala @Phoenixzelma
Había vivido varios sismos, pero ninguno como el del pasado
19 de septiembre; y parecerá coincidencia porque 32 años atrás ocurrió un terremoto que devasto
a la ciudad, justo el mismo.
Precisamente, como los años anteriores, se llevó a cabo el
macrosimulacro con la finalidad de estar mejor preparados por si otro volvía a
suceder.
En ese momento me encontraba en el cuarto piso de un
edificio de siete pisos, ubicado en Reforma, para ser más precisos en Río Tiber. A las 11 de la mañana
sonaron las alarmas como se tenía previsto, simulando un sismo de 8 grados, el
simulacro se llevó con la mayor calma del mundo, se respetó el protocolo: no
grito, no corro, no empujo. Después todo regresó a la normalidad.
Tan sólo transcurrieron dos horas cuando un sismo de 7.1 en
la escala de Ritcher sacudió a la ciudad. Recuerdo que sentí que todo comenzó a
sacudirse, uno de los jóvenes que se encontraban ahí mismo me volteó a ver y me
dijo “Está temblando”.
“Vámonos está muy fuerte” le respondí, para
entonces ya había tomado mi teléfono, caminé con mucha dificultad hacía las
escaleras, comencé a bajar de prisa, mantener el equilibrio era casi imposible.
El pánico no se hizo esperar cuando comenzamos a ver que la
pared y las escaleras comenzaban a caerse a pedazos, ahí fue cuando todos
comenzamos a correr, ya ningún protocolo se siguió, sólo importaba la
supervivencia.
Los cuatro pisos parecían eternos, las paredes continuaban
cayéndose, ya ni siquiera preste atención a las escaleras haciéndose añicos,
compartía el mismo sentimiento de todos: salir con vida.
El temblor no cesaba y un pensamiento inundó mi mente “Aquí
me voy a quedar”, jamás me había sentido tan cerca de la muerte, aún recuerdo
ese sentimiento, es una mezcla de miedo, impotencia y desesperación; temía el
momento en que todo se viniera abajo. Pero también un impulso me llevó a decir:
“Tengo que salir, no moriré aquí”. Cuando al fin vi la salida sentí una
sensación de alivio como nunca antes la había sentido (después me enteré que de
haber durado un poco más el terremoto,
ese edificio se hubiera colapsado, quedó bastante mal).
Una nube de polvo cubría la calle, olía a gas; enseguida nos evacuaron de la zona y nos dirigimos al Ángel. Ahí vi llegar a
mucha gente asustada, unos mantenían la
calma y otros más se desahogaban llorando, yo estaba aterrada, trataba de
mantener la calma, en ese momento lo único que deseaba era localizar a mis
seres queridos.
Las vías de comunicación no funcionaban, ni por redes
sociales, ni las llamadas ni los mensajes de texto, en la era de la
comunicación todos carecimos de ella en ese momento. Puse la radio en mi
teléfono, las noticias no eran nada alentadoras, se hablaba de derrumbes en la
Roma, la Condesa y la Del Valle.
Todo se detuvo, el transporte público, la vida de todas las
personas que lo vivimos. Y a decir verdad ese
era sólo el principio. La vida cambia en segundos.



