La artista trabaja con encaústica, técnica muy antigua a base de cera de abeja, en donde el juego con lo orgánico se convierte en el ámbito de lo ignoto, donde todo está por descubrirse. Así mismo utiliza ensamblajes cerámicos, trabajando con la idea del tiempo, de lo efímero, de lo que se rompe y se reconstruye, los relieves muestran la fragilidad de la existencia.
Las obras de Ana Míriam se expanden más allá de las fronteras del contenedor, están pintadas sobre el marco, es decir, son un todo que se proyecta, que va más lejos de su visibilidad, es una idea que se plantea para crecer, que se libera e invade el cuerpo-espacio y le da otra dimensión; deja de ser pintura y se conforman en frisos o mosaicos de un pensamiento más grande que aún no termina. Es la inmanencia de la imagen que se nutre de lo esencial, de lo inmediato, de lo que está presente y no notamos, del amor a un oficio y en permanecer bajo el asombro.
Peláez quiere demostrar que la pintura sigue tan viva e interesante como siempre ya que es una disciplina que se ha transformado; invita a acercarse a los cuadros y entenderlos, con mentalidad silenciosa abierta, con el corazón más que con la razón.
Nos adentramos en un mundo natural representado por una artista que ha logrado apropiarse de sus símbolos, de sus elementos mínimos.
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