La figura anterior ilustra una idea muy antigua que ha sido refinada en fechas recientes por diversas disciplinas del comportamiento humano -como la Programación Neurolingüística, la Psicología y el Desarrollo Organizacional- y que en resumen nos dice que si queremos cambiar permanentemente el comportamiento de las personas, hay que trabajar en la parte más profunda del “iceberg”: en su identidad (el nivel más bajo). Si yo me identifico, por ejemplo, con un “títere” -aunque conscientemente no lo vea- echaré la culpa a otros de mis emociones y resultados laborales. Diré: “estoy triste porque me gritaste”, “no soy productivo porque no me motivas”, y otros similares. Puesto que un títere es manipulado por otra persona y no tiene autonomía, y yo soy uno, mi vida depende de otro(s) y estaré siempre pasivo esperando a que ese otro me manipule o me diga lo que tengo que hacer (ese otro adquiere típicamente la figura de un padre o de un jefe). Nótese que la persona con esa identidad no cree estar actuando de manera inapropiada, simplemente es congruente con su identidad más profunda (se cree verdaderamente un títere o víctima de las circunstancias). El problema, en gran medida, es que no es consciente de ello. Cuando se da cuenta y descubre que tiene la capacidad de decisión para autodeterminarse, la persona puede cambiar radicalmente su comportamiento (porque cambió su identidad: ahora es una persona libre y elije tomar sus propias decisiones. Ha cambiado su ACTITUD).
¿Cómo entonces animar a las personas para que descubran su verdadera identidad, sean capaces de tomar decisiones libremente y elijan lo que más les convenga? Sugerimos que la respuesta se encuentra en volver a las bases históricas que han hecho posible lo mejor de nuestra cultura: los valores (que como ilustra el iceberg, se trata del siguiente nivel de profundidad después de la identidad, misma que está constituida fundamentalmente por nuestros valores). Interpretando la frase de Einstein con referencia al iceberg, podríamos decir que los problemas de efectividad (lograr los resultados deseados) son causados en un nivel de pensamiento inferior (lo que pensamos respecto a lo que podemos o no podemos hacer -nuestras capacidades), lo que a su vez es causado por el siguiente nivel de pensamiento (nuestras creencias) hasta llegar al nivel de los valores. En resumen: si queremos resultados diferentes en nuestra vida personal y laboral, habrá que reconocer, aceptar y, sobre todo, practicar los valores que nos llevarán a obtener dichos resultados.
Por ejemplo, una persona que haya asimilado -es decir, que ya forme parte de su identidad- el valor de la integridad (entendido como la capacidad para cumplir siempre lo que se promete), pondrá todo lo que esté a su alcance para entregar en forma y tiempo lo que ofreció a sus clientes. Sin pretextos, sin excusas. No lo verá como una “obligación” laboral, sino como un compromiso personal. Si en la persona está arraigado el valor de la solidaridad, no tendrá que ir a muchos cursos de trabajo en equipo para apoyar, participar y entregar lo mejor de ella a las personas o miembros de ese equipo. Una persona que valore la excelencia no requerirá de un jefe que la esté supervisando continuamente para entregar el mejor trabajo del que sea capaz. Y aunque el impacto de los valores en el desempeño personal y empresarial se conoce desde hace tiempo, sabemos que se practica muy poco. Hemos dicho en otros artículos que entre la teoría y la acción suele haber un abismo. ¿Cómo remontarlo? También ya lo hemos comentado: con coraje, disciplina y alegría, otros tres valores clave de nuestra cultura.
Así que si queremos mejorar las condiciones de vida personal y empresarial echémonos un clavado hasta el fondo del iceberg para rescatar lo que a veces parece que hemos olvidado: nuestros valores. ¿Te animas a conocer más al respecto? En el próximo artículo comentaremos algunas guías para analizar, explorar, reevaluar y recobrar el valor de los valores.
Feliz semana. Ing. David Gómez Melo. |