ENTREVISTA A ANTONIO RAMOS REVILLAS Por Almadía
1. ¿Cómo fue el salto de una historia de iniciación, como El cantante de muertos, que hablaba de la entrada de un niño al mundo adulto, a Los últimos hijos, que es la confrontación con la posibilidad de que la vida no continúe, de que nadie venga después? Escribí El cantante de muertos porque justo para mí representaba eso, la posibilidad de iniciar algo, aprender de la pérdida con un sentido de esperanza; ahora en Los últimos hijos esta esperanza está ya destruida, nada queda de ella. Para mí la novela cuestiona la posibilidad, para mucha gente, para muchos lectores, de que la soledad se apropie también de la incapacidad de tener una familia, hijos, algo más. Vivimos en una sociedad y en una época donde el individuo ha descubierto su ruptura con muchos patrones aprendidos, pero ¿estamos preparados para sortear esas decisiones? A veces me parece que no. De eso trata la novela también. 2. ¿Cómo trabajaste el personaje de Alberto, que es quien emprende la búsqueda de los ladrones, quien ejecuta la venganza, el que parece cargar a sus espaldas el sufrimiento más grande? Fue un personaje que sólo pude esbozar con una mirada muy dolorosa de mi propia noción de la paternidad, de preguntarse si no sigue nada, de que no venga nadie, como bien lo dices en la pregunta anterior. Alberto representa, para mí, la soledad llevada al extremo, de todos los hombres que anhelan una familia pero saben que no la tendrán. Y lo construí con muchas visiones de mi futuro, tal vez, de las pláticas serias que a veces algunos amigos han tenido conmigo sobre ese tema y desde la fragilidad también. ¿Qué es ser padre, qué es no serlo? Son esas respuestas las que animan a la novela y de las que, por supuesto, tenemos una respuesta puesto que todos, al menos en potencia, podemos tanto serlo como no. 3. Tu novela es la historia de una pérdida, pero también una lucha, y un discurso sobre la paternidad. ¿Qué representa para ti ese tema, es una carga, un deber, una decisión? Para mí es una pregunta sin respuesta, un presente que me descobija, por decirlo de alguna manera, ante los demás. Es mi presente, supongo que la novela va justo en ese sentido. Una novela sobre mi carga, el deber, sobre el peso de la obligación, sobre la duda, sobre la necedad, la impotencia y la libertad de no ser padre. Lo peor es que no he encontrado la respuesta, pero me parece que en muchas partes de la novela me acerco a ella. 4. Tus personajes viven duelos distintos, tienen distintas formas de enfrentar las dificultades, ¿con cuál actitud te sientes más identificado? Me siento más identificado con Alberto, por supuesto, aunque la novela es una paradoja ya que siempre se piensa, en el duelo por la pérdida de los hijos, en la madre y no en el padre. Los dolores están sutilmente invertidos: Irene tiene, al parecer, más dominio sobre su dolor que el propio Alberto, pero en ambos casos su dolor, me parece es artificial, tanto como lo puede ser un bebé artificial. A veces, tal vez, quisiera ser más como Carolina, la chica ladrona que sale en la novela. Me parece que con muy pocos trazos terminó siendo, al menos para mí, el verdadero personaje entrañable de la novela. 5. Tus personajes quieren escapar de su dolor, de sus conflictos, pero al final ¿se encuentran consigo mismos, o se pierden? Soy un pesimista por naturaleza. Los personajes se pierden, siempre estamos perdidos aunque creamos que no, que tenemos la sartén por el mango. Nos habitan más pérdidas que certezas, aunque usemos tantos bastones: la droga, el sexo, los viajes, el ego desmedido, la eterna juventud, al final siempre caemos de bruces al suelo, aunque algunos logren incluso ahí, reírse un poco de sí mismos. Tal vez esa es la verdadera esencia de la vida.
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