- El antropólogo Hugo Arciniega recordó el reinicio de obras del recinto en 1928
- Teresa del Conde habló de ópera y de las grandes exposiciones presentadas
- El Palacio, reflejo de anhelos de un pueblo; recinto emblemático, calificaron
Recordar la historia del Palacio de Bellas Artes desde sus orígenes hasta la actualidad, a través de documentos de época y de imágenes de diferentes momentos vividos en sus salas y pasillos, sus actividades y los artistas que han pisado su escenario, fue lo que hicieron el antropólogo Hugo Arciniega y la doctora Teresa del Conde en la “conferencia lírica, que no magistral”, el jueves 25 de septiembre en la Sala Manuel M. Ponce, en el marco de las celebraciones del 80 Aniversario del Palacio de Bellas Artes.
Presentado por Magdalena Zavala, directora de Artes Visuales del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), Hugo Arciniega se refirió a los años anteriores de la inauguración del Palacio de Bellas Artes, justo a través de un álbum presentado en 1928 al subsecretario de Educación, Moisés Sáenz, para tratar de convencerlo de reanudar las obras que llevaran a su término al hasta entonces llamado Teatro Nacional.
Arciniega relató que dicho álbum, en el cual se desplegaban claramente las ideas de Adamo Boari –quien ideó el llamado Teatro Nacional y que falleció justamente en 1928– se dividía en tres partes a manera de argumentos: los planos arquitectónicos, la colección de yesos ornamentales en los que se basaban las esculturas y la fotografía de lo que hasta entonces se había avanzado en la construcción del recinto.
Destacó que a Boari le llamaba mucho a atención la vegetación mexicana, por lo que dedicó grandes espacios a jardines interiores, a cúpulas por donde entrara el sol, salones de fiesta y un gran espacio exterior, para lo cual se había derribado toda una manzana alrededor. No obstante, afirmó, en el transcurso de los últimos trabajos, el proyecto original tuvo muchas modificaciones.
“El gran Teatro Nacional cierra la época de los grandes estudios ornamentales de arquitectura que se desarrollaron durante todo el siglo XIX”, y estaba destinado el conjunto, desde entonces, a ser un mito dentro de la ciudad. Para ello, Boari recurrió en gran parte a la gran mitología griega que se reparte en esculturas, máscaras, etc.
Finalmente, señaló, el gran Teatro Nacional, cuando se terminó de construir ya no era el recinto mandado a hacer por el rey o el príncipe, como lo imaginó Porfirio Díaz, sino que fue un recinto que mostraba el avance y los anhelos de una nación.
La segunda parte de la sesión, a la que acudió un numeroso público formado principalmente por jóvenes, estuvo a cargo de la doctora Teresa del Conde, en una plática “lírica y memoriosa” en la que calificó al Palacio de Bellas Artes como un “edificio emblemático”.
Para sorpresa de los asistentes, Teresa del Conde no comenzó su plática con temas de su especialidad: las artes plásticas, sino que se refirió en gran parte al desarrollo de la ópera en el recinto, el cual ha visitado desde que tenía cuatro años de edad.
Así rememoró a destacadas voces del bel canto que se presentaron aquí y que, aclaró, “yo sí los conocí”: desde Fanny Anitúa, Giulietta Simionato, Mario del Monaco, Irma González, Betty Fabila, Giuseppe Di Stefano y Luciano Pavarotti, hasta Plácido Domingo (“de quien estaba enamorada”), Ramón Vargas, Fernando de la Mora y Rolando Villazón, entre otros.
“Desde antes de la inauguración del Palacio de Bellas Artes, la ópera ya tenía en México un público cautivo, como en otras capitales latinoamericanas. Antes de su apertura ya tenía funciones de ópera y el público venía aún sin tener butacas el recinto”, comentó.
De igual forma, las artes plásticas ya estaban presentes en el Palacio de Bellas Artes desde antes de 1934 en sus ornamentaciones, no obstante, dijo, hasta después de su inauguración se dedicó un espacio a las grandes exposiciones.
En ese sentido, recordó entonces, “de manera casi religiosa”, muestras nacionales e internacionales de artes plásticas, como la exhibición de dibujos anatómicos de Leonardo da Vinci en 1955, colección de la reina Isabel II, y la cual fue tratada por el personal casi con reverencia, en silencio, como si se tratara de reliquias religiosas, al igual que la exposición de Caravaggio, traída desde Londres.
Trajo a la memoria asimismo la muestra El entierro de Zapata y otros enterramientos, de Gironella, la más avanzada y comparable a la dedicada ahora a Octavio Paz.
Se refirió asimismo a la exposición de Roy Lichtenstein, de arte pop, y otra más, que “fue muy compleja pero entendida por cualquier persona”: De la academia a la instalación, en la que ella colaboró con un texto del catálogo y selección de arte objeto. Más recientemente, una que ella misma coordinó, en 2007, dedicada a José Luis Cuevas, otra de Julio Ruelas, una serie de bienales de arte joven (1958 y 1960) y la mítica Confrontación 66.



