- En la sesión estuvieron presentes su esposa, Paulina Lavista, José de la Colina, Pablo Soler Frost, Jorge F. Hernández, Javier García-Galiano y Phillipe Ollé-Labrune
- “La literatura de Salvador Elizondo es un juego perfecto de la memoria”, José de la Colina
“Toda
escritura es el intento de comprender y de transmitir una visión que es, quizá
o tal vez, incompresible, quizá o tal vez, incomunicable. Esa visión que cobra
los caracteres de la alucinación en la mente de los personajes que narran una
historia en primera persona, esa fantasía es, inadvertidamente, la conciencia
de un sueño aprisionado en los grilletes de la vigilia; es decir: toda
escritura es la concreción de un insomnio y la creación literaria una
aspiración irrefrenable de sueño.”
La
memorable frase anterior pertenece al libro El
hipogeo secreto, de Salvador Elizondo, a quien el Instituto Nacional de
Bellas Artes (INBA) le rindió un homenaje la noche del martes pasado en la Sala
Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, por el octavo aniversario de su
muerte.
Con la
presencia de la fotógrafa Paulina Lavista, viuda del autor de Farabeuf, los escritores José de la Colina,
Pablo Soler Frost, Jorge F. Hernández, Javier García-Galiano y Phillipe
Ollé-Labrune hablaron sobre algunos aspectos de la vida del narrador y
dibujante nacido el 19 de diciembre de 1932 y muerto el 29 de marzo de 2006.
La
literatura de Salvador Elizondo “es un juego perfecto de memoria”, reconoció
José de la Colina, quien curiosamente cumple años el mismo día en que Elizondo
falleció.
Señaló
que conoció a Elizondo desde antes de 1955, en el momento en que apareció el
primer libro de De la Colina, y que al autor de Elsinore no le gustaba. “Éramos un par de pedantes
extraordinarios”, afirmó.
Dijo
que, luego de ver las ilustraciones que aparecen en el libro Las lágrimas de Eros, de Georges
Bataille, Elizondo se sintió fascinado por las fotografías, sobre todo la de la
decapitación de un hombre y que, posteriormente, aparecería en Farabeuf. “Estaba fascinado y a punto de
la masturbación”, recordó.
Tras
reconocer que el mejor libro de Elizondo es Elsinore,
José de la Colina comentó que las influencias literarias de este provienen de
Válery, las operaciones quirúrgicas, la película Hiroshima mon amour y la nueva ola de la novela francesa, entre
otras, además de que “era un hombre de una crueldad inaudita”.
Señaló
que el ganador del Premio Xavier Villaurrutia 1965 era avispado, inteligente y
parecía de otro mundo. En la actualidad, agregó, “hay muchos malos imitadores
de Salvador Elizondo, un extraordinario dibujante “y el más extranjero de los
escritores mexicanos”.
Phillipe
Ollé-Labrune comentó que el Premio Nacional de Letras 1990 poseía un tono y una voz cercana a la de los
escritores franceses, a tal grado que Farabeuf
es la novela latinoamericana “más radical” que haya leído, por su construcción
tan particular y su collage tan especial.
Recordó
que en él había amor, pasión y admiración por la obra de Bataille y apuntó que
es Elizondo uno de esos autores mexicanos que alcanzan magnitud internacional.
A
Salvador Elizondo, dijo, “hay que leerlo y releerlo, porque sus libros son
singulares, incomparables. No hay ninguno igual en todo el mundo a él. Inventó
su propio idioma, que es la marca de todo gran escritor”.
El
narrador y poeta Pablo Soler Frost dijo que Elizondo es el maestro, en el
sentido más pleno y esotérico de la palabra, debido a que se sentía atraído por
el cine hollywoodense, los ajolotes, el gusto macabro por Edgar Allan Poe y los
ideogramas chinos.
A pesar
de que todo mundo lo relaciona con las novelas francesas, concretamente con
Válery, lo cierto es que a Salvador Elizondo también le gustaban las
tradiciones mexicanas. En sus libros de gran oscuridad, se encuentran luces muy
brillantes, sostuvo.
Por su
parte, Javier García-Galiano comentó que vale la pena recordar a un escritor
admirable como Elizondo, “el hombre proteico, el hombre que encontró su
identidad en la escritura”.



