La ópera, parte fundamental de la vida cultural en México

  • Entablan diálogo en torno a la ópera con motivo de los 80 años del PBA
  • México posee una gran tradición que viene desde los siglos XVII y XIX
  • No obstante los avances, es necesario realizar más acciones, coinciden




La ópera es parte fundamental de la vida cultural en México. Desde finales del siglo XVIII y todo el siglo XIX grandes compañías de ópera europeas tenían como destino la Ciudad de México, luego de pasar primero por La Habana y los Estados Unidos. Grandes recintos como el Gran Teatro Nacional, el Teatro Santa Anna, inclusive el Arbeu y el Principal, fueron recintos donde la ópera tuvo grandes momentos.

En esa gran actividad, confluyeron grandes compañías y destacados intérpretes, y de toda esa tradición viene la Compañía Nacional de Ópera del INBA, que tiene como sede, desde sus inicios, el Palacio de Bellas Artes, con elencos nacionales e internacionales.

Así lo consideró la soprano Lourdes Ambriz al participar en una mesa dedicada al bel canto con motivo del 80 Aniversario del Palacio de Bellas Artes. Ayer miércoles por la noche, en la Sala Manuel M. Ponce, la cantante y recién nombrada subdirectora artística de la Ópera de Bellas Artes, estuvo acompañada por el dramaturgo y músico Raúl Falcó y la directora de escena Juliana Faesler.
En un intenso diálogo, en el que también participó el público asistente, sobre todo críticos de ópera, Raúl Falcó expresó que nuestro país posee una gran vocación por el arte lírico, el cual –recalcó—proviene de la gran actividad operística que registra México desde fines del siglo XVIII. Hoy en día, dijo, afortunadamente, existe una multioferta que se da no solamente en la capital sino también en ciudades como Guadalajara y Monterrey, y recientemente en León, Puebla, Xalapa y Acapulco, entre otras entidades.

No obstante, observó que la existencia de la Compañía Nacional de Ópera del INBA es un afortunado invento más reciente. Antes del Palacio de Bellas Artes, recinto que se construyó especialmente para la ópera y la danza, existían ya funciones de ópera que eran acompañadas por la Orquesta Sinfónica Nacional. Posteriormente se formó la Orquesta del Teatro de Bellas Artes y su coro.

Recordó que entre los años cuarenta y cincuenta del siglo XX se formó un patronato que alimentaba la ópera, la cual funcionaba por aportaciones discretas de secretarías de Estado, de gente interesada, entre ellos el propio presidente Miguel Alemán. Posteriormente el aporte económico provino de la iniciativa privada, como Conciertos Daniel y otras casas, que permitieron un brillo al bel canto.

Luego, aseguró, el sostén provino principalmente del Estado, se creó la Compañía Nacional de Ópera y se hizo la diferencia entre ópera nacional e internacional. Se llegó a niveles de excelencia que dieron como frutos un amplio repertorio universal y la proliferación de grandes voces nacionales que hoy triunfan en el plano mundial.

En su momento, la directora de escena Juliana Faesler consideró que el público mexicano ha tenido siempre un gran romance con la ópera, aunque, anotó, a veces, en la actualidad, ese público tiene cierto divorcio con las propuestas de ópera contemporánea.

Señaló que los grandes autores clásicos existen y existirán para siempre, pero que la obligación de cada nueva generación es ver a los clásicos con ojos nuevos, contemporáneos, contar esas mismas historias pero con lecturas diferentes, para hacerlos actuales y hablar con ello de los problemas de nuestro tiempo.

En ese sentido, se manifestó por un arte operístico que sea capaz de hablar de los temas de actualidad, capaz de llegar y mover las fibras más íntimas de las personas, ya que, consideró, ese es el papel del arte contemporáneo, y ese es el arte que le interesa compartir con el público.

En ello coincidió el ex director de la Ópera de Bellas Artes, Raúl Falcó, pero advirtió del peligro de hacer óperas al gusto del público. Dijo, en cambio, que es necesario recurrir al repertorio clásico poco abordado, así como a la ópera de autores contemporáneos, y dejar de lado “los caballitos de batalla” que son frecuentes en cada temporada.